La resurrección del Señor Jesús no es el fin de la historia, sino el principio. En su segundo libro, Lucas nos dice lo que sucedió después.
En el primer relato, estimado Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba en el cielo, después de que por el Espíritu Santo El había dado instrucciones a los apóstoles que había escogido. A éstos también, después de Su padecimiento, se presentó vivo con muchas pruebas convincentes, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles de lo relacionado con el reino de Dios.
Y reuniéndolos, les mandó que no salieran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre: “La cual,” les dijo, “oyeron de Mí; porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos días.”
Entonces los que estaban reunidos, Le preguntaban: “Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?” Jesús les contestó: “No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con Su propia autoridad; pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.”
Después de haber dicho estas cosas, fue elevado mientras ellos miraban, y una nube Lo recibió y Lo ocultó de sus ojos.
El Espíritu Santo es mencionado tres veces en este breve pasaje. Jesús ya había prometido al Espíritu – ahora los discípulos debían esperar en Jerusalén para que la Promesa llegara.
El Espíritu Santo viene en el capítulo 2. ¡Podríamos llamar a esto el cumpleaños de la Iglesia!
Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar, y de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa donde estaban sentados. Se les aparecieron lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad para expresarse. Hechos 2:1-4
El autor explica que el capítulo continúa. Había gente reunida en Jerusalén de muchas naciones – y todos hablaban lenguas diferentes. Milagrosamente, los discípulos pudieron compartir las Buenas Nuevas de Jesús en estas muchas lenguas – ¡lenguas que nunca habían aprendido!
Finalmente, Pedro se levantó y predicó a las multitudes. Él les dijo la verdad acerca de Jesucristo, y les dio estas instrucciones:
… “Arrepiéntanse y sean bautizados cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa es para ustedes y para sus hijos y para todos los que están lejos, para tantos como el Señor nuestro Dios llame.”
Y Pedro, con muchas otras palabras testificaba solemnemente y les exhortaba diciendo: “Sean salvos de esta perversa generación.”
Alrededor de 3000 personas fueron salvadas por Jesús ese día. Y el increíble crecimiento de la nueva Iglesia estaba sólo empezando. A medida que el capítulo termina, el autor explica quién fue el verdadero poder detrás de esta transformación de corazones: … el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos.
¡El Espíritu había llegado! Estaría con la Iglesia a lo largo de los siglos. Y por medio del Espíritu, Cristo mismo cumpliría Su promesa – “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).
La “parte 2” del proverbio de ayer. Los justos son una bendición a la ciudad. Pero los impíos, por sus propias palabras (palabras imprudentes, palabras malvadas) destruyen la ciudad.
Una persona justa es una bendición para la comunidad. Al igual que los judíos en su cautiverio, debemos preocuparnos por la ciudad o comunidad en la que vivimos.
Y busquen el bienestar de la ciudad adonde los he desterrado, y rueguen al SEÑOR por ella; porque en su bienestar tendrán bienestar (Jeremías 29:7).
“El impío toma su lugar” – es decir, el lugar del justo. ¿Cuál lugar? Si lugar en la tribulación. En otras palabras, el justo se escapa de los problemas, pero el hombre malo entra en problemas en su lugar.
¿En qué es tu esperanza? ¿En las cosas de este mundo? ¿Reconocimiento? ¿La última tecnología? Ganar el partido? ¿La próxima gran película?
Si tu esperanza está en este mundo, tu esperanza muere cuando tu mueres (¡y muchas veces antes!).
En las palabras de Jesús:
No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran y roban; sino acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde ladrones no penetran ni roban; porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. Mateo 6:19-21
Jesucristo (es decir, Jesús el Mesías), murió una tarde hace unos 2000 años. Pero entonces, el domingo por la mañana, volvió a la vida para no morir nunca más.
¿Por qué es tan importante para nosotros algo que sucedió hace tantos siglos?
Es muy importante para aquellos de nosotros que hemos estado “unidos con Cristo” – como explica Pablo en su carta a los romanos.
Porque si hemos sido unidos a Cristo en la semejanza de Su muerte, ciertamente lo seremos también en la semejanza de Su resurrección.
Sabemos esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto, ha sido libertado del pecado.
Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con El, sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, no volverá a morir; la muerte ya no tiene dominio sobre El. Porque en cuanto a que El murió, murió al pecado de una vez para siempre; pero en cuanto El vive, vive para Dios.
Porque Cristo resucitó, también viviremos. Pero estamos unidos con Él no sólo en una resurrección futura. Nosotros morimos con Él, y nos levantamos con Él.
Hemos muerto al pecado y al juicio de Dios sobre el pecado. Ya hemos pagado el precio final en Cristo.
Y así, en vez de una realidad de muriendo y muerte, tenemos vida nueva y libertad. Y lo tenemos ahora.
Ya no somos esclavos del pecado y de la muerte.
¿Y cuál debe ser nuestra respuesta?
Así también ustedes, considérense muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.
Por tanto, no reine el pecado en su cuerpo mortal para que ustedes no obedezcan a sus lujurias; ni presenten los miembros de su cuerpo al pecado como instrumentos de iniquidad, sino preséntense ustedes mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y sus miembros a Dios como instrumentos de justicia. Porque el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, pues no están bajo la ley sino bajo la gracia.